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Curso de robótica para niños

Un curso de robótica para niños nos pareció una buena idea para atraer audiencia a nuestro club.

Estábamos decididos a hacer de aquel club algo realmente grande, así que elegimos la idea de impartir un curso de robótica para niños.

Perdo Luís era muy bueno con todo lo que fuera electrónico y Miguel Ángel controlaba bastante bien la parte mecánica.

Finalmente, el único robot que llegamos a fabricar fue una máquina a la que llamaríamos: “El despertador de fracasados”

Aunque lo cierto es que nunca llegamos a fabricar ningún robot allí. Ni tampoco llegamos a dar ningún curso. Y es que todo cambió de repente cuando planteamos a los niños nuestra más brillante idea “El despertador de fracasados”.

Y entraremos en detalle pronto sobre eso, pero antes tenéis que saber algo más.

EL CUARTO INTEGRANTE
Cuando empecé a contaros mi historia, fui un poco injusto al hablar de los fundadores del club.

Os decía que aunque pasamos muchos chavales por allí, sólo tres de nosotros, Miguel Ángel, Pedro Luís y yo podíamos considerarnos fundadores. Ahí está la injusticia: Había un cuarto integrante.

Veréis, os voy a contar como sucedió todo:

El club siempre tenía gente dentro. Lejos de la mirada de los padres, nos transformábamos en adultos cuando estábamos allí. Cualquier cosa que dijera alguien era escuchado por todos. ¡Qué sensación!, éramos realmente importantes.

Más o menos desde las cinco y media hasta las 9, cada tarde, aquél era nuestro mundo, era el único mundo que había.

No tardó en correrse la voz, y en el barrio rondaba la idea de que aquél era un local público, como una zona de reuniones de acceso libre, o algo así.

Lo cierto es que nos hacía parecer importantes el hecho de que los demás niños quisieran estar con nosotros, pero tampoco queríamos que aquello se fuera de las manos.

Entonces Pedro Luís, el más callado de todos, tuvo una tarde una idea genial: “Permitiremos que entren si quieren, pero no será gratis: Tendrán que opinar”, -fue lo que dijo-.

¿Que entren?, ¿Que opinen?. Pero si aquello era una habitación sucia, casi sin muebles. Aunque la verdad es que era grande, demasiado grande para nosotros.

Lo dijo tan convencido, y eran tan pocas las veces que hablaba Pedro Luís, que no dudamos en apoyarle.

Pedimos sillas prestadas a los padres de los amigos. Están muy viejas, -nos decían-.

¿Viejas?. Son perfectas.

Cuando se acabó la solidaridad con las sillas nos vino a la cabeza la frutería de enfrente. Bueno, no justo enfrente, estaba dos manzanas más abajo.

Nos hicimos con nueve cajas de frutas de esas de plástico. El frutero nos regaló seis, aunque allí aparecieron nueve. No quisimos preguntar de dónde salieron las demás.

Total cinco sillas y nueve cajas. Todo preparado para nuestra audiencia.

LA AUDIENCIA
La noticia corrió como la pólvora: El viejo club había abierto sus puertas.

Colocamos la zona de visitantes a unos metros de nuestra mesa de reuniones. Era invierno y a partir de las seis ya empezaba a hacerse de noche. Y como la única iluminación eléctrica que teníamos era una lámpara de mesa, la zona de visitantes permanecía en penumbra. Se levantaban y opinaban, pero muchas veces no se veía bien quién era el que nos corregía o animaba, mientras los demás en silencio escuchaban.

Era nuestro lema: “Todo el mundo tiene algo importante que decir”.

Y finalmente aquello sí que se fue de las manos, pero por la parte positiva. Unas semanas más tarde algunas madres acompañaban a sus hijos provistos de sus propias sillas, pues a lo mejor el día anterior habían estado de pie todo el rato.

Una ley no escrita obligaba a los adultos a no entrar -Aquello era nuestro, sólo nuestro-, así que era habitual que algunos padres se quedaran en la calle hablando entre ellos. Otros simplemente se iban y volvían después a por la silla. Al final muchas de las sillas se quedaban allí y llegamos a tener un problema de espacio. Pero ¿A quién le importaba?.

Me cuesta encontrar a lo largo de mi vida unos momentos más felices que aquéllos.

No sólo teníamos una máquina de fabricar ideas, además teníamos audiencia.

Todo un grupo de niños sedientos de ser escuchados. Adultos cada tarde durante unas horas.

Y entre ellos, a veces estaba uno, que nunca hablaba. Venía siempre sólo. Se sentaba donde podía y con una mirada sincera escuchaba, a veces durante horas, otras siquiera unos minutos. Luego en silencio se iba.

Nunca supimos quién era. Pero su presencia hacía que nos tomáramos aquello más en serio todavía.

Respetábamos su respeto. Nos dio mucha fuerza.

Miguel Ángel lo llamaba “Señor Ojos”.

Y ése es para mí el cuarto integrante, y por qué no también el cuarto socio fundador de aquel club.

El Señor Ojos nos hacía saber con su presencia cuándo estábamos hablando de algo interesante. Si de pronto se iba, casi siempre indicaba que no había sido nuestra mejor tarde.

Y fue el Señor Ojos quién de alguna forma nos dio la imaginación necesaria para conseguir lo que conseguimos.

Ya siendo yo adulto, hace sólo un par de años recordé la tarde en que el Señor Ojos no se movió de la silla durante horas. Fue de los últimos en salir.

EL INVENTO
Aquella tarde estábamos hablando de cómo fabricar un “despertador de fracasados”.

Verás se trataba de una máquina que detectaba los motivos por los que la gente fracasaba en cualquier meta de su vida. Y claro, sabiendo los motivos era cosa sólo de corregir y ya está.

Aquella máquina no la venderíamos a nadie. Cobraríamos por horas de servicio.

No sé. Por ejemplo: Si se trataba de un caso grave, de un fracasado de verdad, -alguien que se había arruinado podría valer-, pues la máquina estaría trabajando toda una mañana. No pasa nada, seis horas de máquina a tanto la hora, pues me debes tanto. ¿Se entiende, no?.

Si era una cosa de nada, pues en unos minutos de máquina ya estaba listo. Proporcionalmente si se trataba de minutos pues un poco más caro la unidad. Lo normal.

No te imaginas la que se formó allí. Los niños sacaban algunas monedas de sus bolsillos y las ofrecían en la mesa para ser accionistas de aquello. ¡Qué invento!.

No creo que con ningún curso de robótica, ni construyendo los mejores ciborg del mundo, hubiéramos tenido tanta aceptación.

Pero siempre viene alguien a fastidiar.

¿Cómo sabe la máquina cual es el motivo de cada fracaso? -dijo uno de entre la audiencia-.

La pregunta molestaba, pero tenía sentido. ¿Cómo lo sabría la máquina?.

Aquella respuesta no podía ser improvisada, todo nuestro “accionariado” estaba esperando la respuesta.

Así que decidimos posponerlo hasta el día siguiente.

Arsenio Baluarte.

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