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El mejor de los inventos

Aquella tarde íbamos a presentar lo que sería reconocido después como el mejor de los inventos.

Se trataba del invento que habíamos propuesto la tarde anterior. Era ni más ni menos que “el despertador de fracasados”.

El mejor de los inventos
Nuestro mejor invento siempre fue “El despertador de fracasados”

LA MÁQUINA DE DETECTAR FRACASOS
Estaba sobre la mesa el mejor de los inventos: La máquina de detectar fracasos, o más concretamente: “El despertador de fracasados”.

A todo el mundo le gustaba.

Como os comentaba hace poco, la habíamos planteado justo la tarde anterior, era una máquina que te decía los motivos de tu fracaso.

Era la ocasión para saber por qué.

El que ha fracasado lo sabe perfectamente. Pero le atormenta averiguar por qué. Si otros consiguen objetivos parecidos. Similares e incluso de mayor dificultad, por qué él ha sido incapaz, por qué.

El trabajo de la máquina era justo ese, detectaba los motivos exactos. La máquina te decía qué habías hecho mal y en qué te habías alejado de conseguir tus objetivos.

Aquel día era sábado. No teníamos que ir al colegio.

Normalmente nunca íbamos al club por las mañanas. Los días de diario por el colegio y los fines de semana porque nos levantábamos tarde, muy tarde.

Pero esa mañana de sábado era distinta. Por la tarde seguro que volverían todos. Querían saber cómo podía saber la máquina todo sobre los motivos de cada fracaso. Estaban dispuestos a invertir mucho o todo de su dinero, y también mucho o todo de su tiempo, en ese invento. Es normal que quisieran saber cómo funcionaba.

Sin cita previa nos presentamos allí los tres.

-¿Tienes alguna solución?-, me preguntó Miguel Ángel.

-Pensé que tú me traerías algo-, le contesté.

-Pues creo que estamos en un lío. ¿Qué vamos a hacer ahora?-.

Cuando entramos, Pedro Luís ya estaba sentado en la mesa. Escribiendo.

Le costaba mucho hablar, por eso lo escribía todo.

Miguel Ángel y yo nos miramos, y seguro que Miguel Ángel estaba pensando lo mismo que yo: ¿A que éste ha dado en el clavo?.

Nos sentamos junto a él sin decir nada. No hay que molestar al artista mientras trabaja.

Al poco tiempo Juan Luís arrastró hacia nosotros un papel con un montón de notas y tachaduras y al final del papel en un recuadro ponía: “Preguntar al que sabe y hacer lo que dice”, “Preguntar al que no sabe y hacer otra cosa distinta”.

Juan Luís tenía 11 años, era el mayor de los tres, y hay que reconocer que a veces sorprendía. Aquello parecía una cita de libro de gente culta.

Bien, pero cómo una máquina va a preguntar. Cómo la máquina va a saber quién es el que sabe y quién el que no sabe. De hecho, máquina o no máquina, quién puede diferenciar con seguridad los que saben de los que no saben.

Si ésa era la solución, estábamos como al principio.

Pero Miguel Ángel dijo: Juan Luís, creo que me has dado una idea.

¿CÓMO LO SABE LA MÁQUINA?
Entonces Miguel Ángel empezó a explicar su método:


▪ ▪ ▪

No tenemos que pensar en cómo nuestra máquina va a hacer esas preguntas, las podemos hacer nosotros.

Primero formaremos dos grupos de personas: por un lado los que han tenido éxito, que son los que saben, y por otro los que no han llegado a nada pese a su esfuerzo, que son los que no saben.

Preguntaremos a unos y a otros todos los detalles del recorrido hasta llegar al final de su desenlace.

Después con los datos que obtengamos ya encontraremos la forma de que la máquina los guarde en una lista, y cuando el fracasado venga y cuente su historia de fracaso, la máquina la compara con la lista y sabrá en qué parte sabe y en qué parte no, y le dirá en qué se equivocó.


▪ ▪ ▪

No lo entendí muy bien del todo, pero yo pensé: ¡Éste es mi club!, entre el raro que no habla pero encuentra soluciones y Miguel Ángel que es un genio, llegaremos hasta donde queramos.

Teníamos un método. Preguntaríamos a la audiencia y haríamos dos grupos: Los que habían tenido éxito en algo y los que no.

Los exitosos nos darían detalles de cómo hicieron las cosas: De cuál era la meta, de qué pasos fueron dando, de qué les iba pasando y de sobre cómo lo consiguieron finalmente. Éstos eran los que sabían.

Los fracasados lo mismo, pero esta vez hablando sobre sus fracasos. Éstos eran los que no sabían.

Luego haríamos la lista de las cosas que hacían los que sabían (Los exitosos), y éstas eran las cosas que la máquina identificaría como cosas “buenas”.

Por otra parte la lista de cosas que habían hecho los que no sabían (Los fracasados), y tendríamos las cosas que la máquina tomaría como “malas”.

Ya está. Después la máquina escucharía atentamente el relato del fracasado que se prestara a hacer el test. Cada frase la máquina la compararía con las dos listas, y si en algún momento encontrara similitud con algo de lo que tenía en una de las listas sabría si era el momento de saltar la alarma o no.

Es fácil, lo que esté en la lista de “buenas”, no hay que hacer nada. Lo que esté en la lista de “malas”, salta la alarma, lo anotamos aparte y lo entregamos al fracasado para que sepa qué es lo que tiene que cambiar, si lo intenta de nuevo.

Claro que esto una máquina lo puede hacer muy rápido, casi instantáneo. De modo que una vez que se termina el relato, en segundos tenemos los resultados.

El fracasado tendría una lista de lo que tiene que cambiar, o lo que es lo mismo: de lo que hizo mal.

¡Lo tenemos!. Tenemos el mejor de los inventos.

Quedaban algunos detalles. Tendríamos que encontrar a muchos voluntarios para que la lista que tenga la máquina guardada sea grande. La máquina necesitará tener listas de muchos temas, deberá guardar muchas experiencias distintas, cuantas más mejor.

Casi sin darnos cuenta teníamos un plan que mostrar a todos esa misma tarde. También para ellos era un día especial. Esperaban saber cómo trabajaría la máquina que íbamos a fabricar.

Lo que pasó después te lo contaré con detalle mañana.

Arsenio Baluarte.

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