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Gestos humanos

Los gestos humanos, como los de decir “Sí” y decir “No”, son probablemente una invariante universal.

Gestos humanos. Como os anticipaba en mi anterior post: “El patrón de Inercia”, hoy vamos a hacer otro ejercicio de identificación de patrones, en este caso referido a los gestos humanos. Todo ello relacionado con nuestro genial juego inventado en mi ya famosa cena.

Y para hacerlo más entretenido, tomaremos como base algo que sea abundante y universal. Algo que hemos tenido delante todo el tiempo.

Nos referimos a los gestos humanos que de forma global acompañan a la afirmación y a la negación.

gestos humanos en el bebé
Los gestos humanos:
¿Son naturales o auto-inducidos?

En la actualidad somos alrededor de 7.500 millones de personas en este planeta. Durante nuestra evolución, ha habido civilizaciones separadas físicamente por cientos de kilómetros de agua, durante cientos de miles de años, sin posibilidad de contacto. Y en nuestra historia reciente, hasta hace 525 años, no había comunicación de ningún tipo, entre América y el resto del mundo, por ejemplo.

Estaremos de acuerdo en que, en épocas pasadas, no había posibilidad de transmitir determinados hábitos, entre tierras alejadas, ni a través de tradiciones culturales, ni de ninguna otra forma.

Sin embargo, cualquier ser humano, no importa su cultura o lugar de nacimiento, coincide en mover la cabeza de arriba hacia abajo, para decir que “sí”, y en sentido horizontal, izquierda-derecha, para decir que “no”. Son gestos humanos. Y esto ha sido siempre así, con sólo algunas excepciones, que aunque raras y aisladas en minúsculas áreas geográficas, también por raras merecen su atención y dedicaré a ellas unas palabras más adelante.

Y aunque lo has tenido delante todo el tiempo, precisamente por obvio, no has caído en que es curioso que esto sea así.

Si preguntas a alguien por qué lo hace, es seguro que no sabrá decir por qué. Te contestará: ¡No sé! ¿Es que hay otra forma?.

Lo que tenemos delante es un patrón de inercia, y nuestro ejercicio consiste en intentar averiguar cuál es ese patrón que tanto éxito ha tenido.

Veamos:

LOS HECHOS
Primero tendremos que observar el hecho que analizamos y ver qué podemos encontrar de particular.

En este caso hablamos de un gesto que identificamos como humano y que utilizamos todos cuando afirmamos o negamos algo.

Podemos compararlo con otros gestos de naturaleza también corporal, como encogerse de hombros, llevarse las manos a la cabeza, patalear, dar palmas, o taparnos la boca con una mano, por ejemplo.

Para poder aislar la particularidad concreta, vamos a imaginar otros escenarios. Supongamos que viviéramos en un mundo donde los seres humanos hicieran un gesto de afirmación mostrando las dos palmas de las manos a su interlocutor. Ahora te puede parecer raro, pero imaginemos que es así. En ese mundo imaginario, quizás lo coherente sería mostrar el dorso de las manos si queremos negar algo.

De la misma forma, en otros mundos supuestos: Decir “sí” se podría representar al hacer como que te señalan algo con el brazo, o con una sonrisa, o dando un salto hacia delante, y “no” dando el salto hacia atrás, o hacer como que te mira fijamente. O por qué no: Afirmar levantando una rodilla y negar levantando los brazos (Gracias a Dios no vivimos en este último, sin duda indica que habría muchos accidentes de tráfico).

Todos ellos entrarían en una categoría que forme algo así como los “gestos lenguaje”, o tal vez, más genérico, en la de “personas lenguaje”. Al final: “gestos humanos”.

Lo que está claro es que alguna forma de expresión, pauta o lenguaje corporales sería necesaria, porque cuando afirmamos o negamos nos va nuestro futuro en ello. La afirmación y negación son las unidades que tenemos a mano de información-respuesta más primitivas. Implican decisión y por tanto futuro. Y probablemente sean los símbolos de libre voluntad más básicos que tiene el ser humano, y si hablamos de lenguaje corporal, gestos de lenguaje o gestos corporales, todo nos lleva a lo mismo: “si persona” entonces puede decirse que, de forma verbal o no, siempre va a afirmar o negar algo.

Bueno. Con este juego de imaginación de mundos distintos, vamos descubriendo cosas: Como se trata de un gesto, implica movimiento de una parte del cuerpo, y las partes que más admiten conjuntos de movimientos son las extremidades y la cabeza.

Pero en nuestro caso en concreto, sabemos que utilizamos la cabeza.

Y si ahí radica la particularidad, la condición o condiciones iniciales que generan el patrón, tendrían que estar relacionadas con el movimiento de cabeza y no con otra parte del cuerpo.

Vamos a trabajar bajo este supuesto y estaremos atentos para ver adonde nos lleva.

Todos los seres humanos repiten el patrón que buscamos, con independencia de la época en que hayan vivido, su sexo, religión, entorno cultural, idioma, economía o salud.

Podemos acordar que todos los seres humanos desde temprana edad, sin tener en cuenta su sexo y antes de verse influidos por el entorno socio-cultural, se ven afectados por el patrón.

Entonces, podría tratarse de algo genético. Pero según Darwin lo genético es, precisamente por genético, una aptitud concreta que los individuos supervivientes de la especie han tenido tiempo de transmitir a la descendencia. Únicamente por la oportunidad de seguir vivos, que les daba el hecho de tener esa aptitud que les convertía en mejores y más adaptados al medio. Más que los demás que carecían de ella.

Entonces está claro que, si está en los genes, poco importa para el ejercicio de búsqueda que estamos haciendo, porque en algún momento hubo individuos que desarrollaron esa “costumbre buena” por algún motivo. O sea, que el origen sigue ahí, escondido en algún sitio.

Además, aún en el caso de que su forma de transmisión sea esa, es genético “ahora”, pero en su inicio fue un patrón que se repitió con acierto lo suficiente como para adquirir su condición de patrón de inercia. Y eso, por definición, es lo que estamos buscando.

Que sea hereditario, si es que lo es, lo único que nos aporta es más interés todavía, porque se trataría de algo realmente importante. Tanto como para mantenerse vivo junto a una especie durante cientos de miles de años.

Pero nuestro trabajo es deducir sin suponer, y si el gesto que analizamos es común a la especie, su condición inicial debería estar asociada a toda la especie y sería de agradecer que apareciera de forma obligada a edad muy temprana.

Si nos retrotraemos al momento del nacimiento del individuo, éste parte de un medio cálido y cómodo como es la placenta, donde el niño no nato no necesita mover la cabeza para nada. Por lo menos no de forma voluntaria. Permanece casi en total oscuridad, protegido de estímulos externos y se alimenta y oxigena a través del cordón umbilical que lo une con la madre. Y lo más importante es que se mantiene en un estado en el que el dolor y el placer no se manifiestan de forma dual. Su futuro no depende de decisiones suyas. No tiene la necesidad de elegir, de comunicar, su voluntad de afirmación o de negación de nada.

Cuando llega el momento, nuestro individuo nace. Se produce un cambio brusco y seguro que estresante y doloroso. Hay un cambio de medio líquido a gaseoso, un cambio de temperatura y una exposición directa a estímulos externos, ahora ya cercanos. Todo es nuevo. En no más de treinta segundos el neo-nato respirará por primera vez. Pero no ha sido una decisión dual del tipo “si/no”. La presión ejercida por el canal del parto sobre el tórax del bebé ha ayudado a expulsar la mayor parte del líquido que inundaba sus todavía no estrenados pulmones. Por eso los niños nacidos mediante cesárea, suelen presentar cuadros de tos y estornudos buscando el mismo fin.

Que los pulmones se hayan vaciado de líquido es la señal disparadora para todo un mecanismo neuronal: Es el momento de la primera respiración. Pero nada de todo eso ha sido voluntario. Los conceptos “si/no” no se han utilizado todavía. Nuestra condición inicial del patrón que buscamos, no se ha producido aún.

En un bebé sano, transcurridos treinta minutos desde el nacimiento, su cuerpo ya está preparado para recibir alimento externo. Su primera ingesta será del pecho de la madre o de algún artilugio que lo imite.

La alimentación tampoco es una acto de voluntad. Seguimos con respuestas instintivas ancladas en lo más profundo del cerebro primitivo.

Pero ya estamos cerca de ver algo realmente diferenciador. Es más que probable que el recién nacido experimente placer al mamar. Y al fin y al cabo la vida consiste en buscar el placer y huir del dolor. Y después de la experiencia traumática del nacimiento, ahora es la primera vez que el niño siente placer. Y mientras lo hace, mueve la cabeza de arriba a abajo, una y otra vez, a la vez que succiona la leche materna.

¿No te habías fijado nunca?: Mover la cabeza, en dirección vertical, con respecto al tronco, mientras succionamos, nos ayuda a alimentarnos. Nos permite obtener el primer placer de la vida.

Y cuando el niño está saciado, girar la cabeza hacia un lado, es una buena forma de alejarse de la fuente de alimento, porque ya no queremos más. Sin duda son gestos humanos.

¿Lo ves?.

EL DESCUBRIMIENTO
No es importante que el hecho de querer alimentarse o encontrarse saciado sean o no actos voluntarios. Lo importante es que la obtención del alimento se relaciona una y otra vez con el movimiento de arriba-abajo de la cabeza y su negación con el movimiento de izquierda-derecha.

Esto se repite muchas veces al día, todos los días. Y se graba tan fuerte en el cerebro del recién nacido, que parece lógico que lo adoptemos como natural durante el resto de nuestra vida.

Si aún no estás convencido, observa a un niño, ya algo más mayor, por ejemplo de uno o dos años. Cuando le das de comer, con una cuchara, si quiere comer abrirá la boca y cuando note el contacto con la cuchara hará de forma instintiva un movimiento vertical suave de arriba-abajo. Y cuando ya no quiera más, girará la cabeza en sentido horizontal para alejarse de la cuchara. Cuanto más le acerquemos la cuchara más girará la cabeza. Está diciendo “no”.

Cuando el individuo tiene edad suficiente como para comunicar sus propias decisiones, abstrae la experiencia obtenida en sus primeros contactos con la vida y, sin darse cuenta, ve natural acceder a lo que le proponemos (Afirmación) diciendo “sí” con la cabeza o se desentiende de la propuesta (Negación) diciendo “no”, también con la cabeza. Cuando lo que en realidad hace es decirnos: “De eso sí como” o “De eso no como”.

Por increíble que parezca, lo que hacemos es rememorar nuestras primeras experiencias vitales con la alimentación, en cada uno de estos actos.

Bien. Si nuestras deducciones son correctas, hemos dado con la condición inicial que genera el patrón de inercia que a la vez produce el gesto humano que estábamos estudiando.

Está bien. Pero, aún a riesgo de deslucir la teoría, hay líneas de trabajo que indican que determinados pueblos y culturas, aún en la actualidad, rompen diametralmente lo esperado y contradicen lo establecido utilizando gestos distintos para la afirmación y la negación.

Concretamente los nombres del evolucionista Charles Darwin y del antropólogo Desmond Morris, aparecen vinculados a los estudios realizados en torno a estas escasas pero existentes realidades.

Y es que parece ser que en Bulgaria hay amplias zonas en las que la población utiliza gestos totalmente contrarios a los del resto del mundo. Es decir, mueven la cabeza de izquierda a derecha para decir que “Sí” y de arriba a abajo para decir que “No”. Y con menos evidencia contrastable, también he leído por ahí que hay versiones diferentes de los gestos convencionales en algunos pueblos abisinios y en los dyaks de Borneo.

Nada que no se pueda resolver, si admitimos que ha habido en estas excepciones una presión impuesta por las jerarquías sociales y culturales predominantes en cada caso.

Los mismos autores de los estudios citados anteriormente sostienen que en el caso de Bulgaria hay una creencia arraigada en las costumbres de esta zona de que la mayor muestra de respeto hacia un interlocutor, era la de acerlarle alternativamente uno y otro oído a su boca, en señal de atención y aprobación. Incluso Desmond Morris en sus textos habla del término “Te doy mis oídos” para referirse a este detalle.

Pero, igualmente que no sería justo ocultar la existencia de estos gestos humanos, tampoco tendría sentido poner en duda la veracidad de todo lo descrito anteriormente, más allá de la sana sospecha que cualquier científico debiera siempre tener.

Lo que parece más cercano a la verdad es que hay un patrón de inercia en todos, absolutamente todos los casos, aunque en determinadas situaciones, muy aisladas y esporádicas, imposiciones de tipo cultural hayan hecho prevalecer hábitos distintos.

Estarás de acuerdo conmigo en que para cualquier niño recién nacido en Bulgaria dentro de las zonas donde se da la excepción, si se le lleva con una familia y entorno distintos, sin importar la cultura del mundo o geografía que elijas, desarrollará los gestos que hoy en día llamamos convencionales. Eso demuestra que en los casos citados, ha de haber una presión artificial sobre-impuesta que consiga modificar la tendencia natural atribuida a nuestro patrón de inercia.

Dicho esto, ahora conviene aclarar también otra duda que te surgirá tarde o temprano: Se trata de saber por qué, si la condición inicial se da también en cualquier especie de mamífero, por qué -decíamos-, es sólo la especie humana la que se manifiesta con estos gestos de afirmación y negación.

Sabemos que, excepto algunos animales de circo, adiestrados para simular contestaciones del tipo “si/no” con la cabeza (Caballos, delfines o perros, por ejemplo), no hemos visto a los mamíferos en general, comunicarse de esa forma. Ni entre ellos, ni con los humanos.

El motivo es que, aunque la condición inicial sí está desde la fase de nacimiento (Se alimentan de forma similar a los humanos), lo que no aparece por ningún lado es la necesidad de comunicar la voluntad. Porque sus limitaciones en el grado de evolución de sus cerebros no les permite la capacidad de tener y entender, y por lo tanto expresar, el libre albedrío. O por lo menos no de la forma en que los humanos consideramos la libertad de elección y expresión.

En los demás animales mamíferos, nunca vemos un gesto de afirmación o negación como el nuestro. No es que tengan un gesto diferente para eso, es que carecen de tal categoría de gestos, sencillamente porque ellos nunca afirman o niegan nada.

LA CONCLUSIÓN
Pues ya conoces mi teoría. Yo la llamo “El principio del patrón de inercia”, y como comentaba antes, lo que viene a decir es que “Todo lo que sobrevive en el tiempo lo hace gracias a un patrón que se repite en todas y cada una de las situaciones en las que el fenómeno se observa”.

Si algo tiene éxito, en el sentido de supervivencia, es gracias a un patrón que está presente en todas las situaciones donde ese algo sobrevive. Es decir, que sea cual sea su origen, el patrón está presente ahora. Entendiendo por ahora, cada vez que ese algo tiene lugar. Y lo más importante es que si descubrimos el patrón, estamos en disposición de entender y en algunos casos controlar y modelar el fenómeno de que se trate.

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Cuando terminé con toda esta exposición en la cena, se seguían oyendo comentarios: Algunos susurraban: “Parece que está hablando en serio”, “Al menos él cree que es así”, decían otros.

Pero lo que reafirmó mi creencia es que las risas habían desaparecido y los comentarios, eran siempre en voz baja.

Un silencio de fondo fue la mejor y más gratificante respuesta que se podía esperar. Eso sí que fueron “gestos humanos”.

Arsenio Baluarte.

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