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La reacción de la audiencia

Era sábado. Un sábado especial en el que explicaríamos ante la audiencia el funcionamiento del despertador de fracasados.

Íbamos los tres juntos, haciendo piña. La audiencia esperaba.

la audiencia
Aquella tarde nos enfrentábamos a toda nuestra audiencia. Iba a ser nuestra mejor y más difícil presentación

EL PRIMER CONTACTO CON LA AUDIENCIA
Al doblar la esquina vimos tanta gente esperando en la puerta del club que de forma instintiva nos paramos los tres un instante. Pedro Luís tomó aire (Pude oirlo, lo juro), y como siempre sin hablar, hizo lo más importante: Dio un primer paso decicido y a la vez esperanzador y Miguel Ángel y yo le seguimos, casi de forma natural, como si hubiera sido una decisión ensayada.

Pero al acercarnos un poco más, me empezaron a temblar las piernas. Había tanta gente que tenían que apartarse para dejarnos pasar, formando una especie de pasillo. Nos miraban con una sonrisa que encerraba tanta esperanza que daba un poco de miedo. Miedo a la responsabilidad que estábamos generando con todo aquello.

Pero allí no había sólo niños, estaban también adultos. Unos serían padres o abuelos, pero además gente que pasaba por la calle se paraba. Gente sin más. Se paraban y se preguntaban unos a otros qué pasaba allí.

-Unos críos que han inventado algo- Creo que oí decir a uno, con cierto tono de incredulidad. Pero no se iba de allí. Nadie se iba.

Yo buscaba entre la gente al Señor Ojos. No lo ví.

Pedro Luís abrió la puerta de entrada. Nadie se movió hasta que entramos los tres, y después entraron todos los demás. Educados los primeros momentos. Después no tanto al ver que no habría sillas para todos.

Y hay algo que me produjo una sensación especial. Los adultos no entraron. Ninguno.

Nadie les dijo nada. Ellos simplemente no se atrevieron a entrar.

Después yo dije por primera vez una frase que quedó como saludo de la casa para otras muchas ocasiones.

Dije: ¡Sois todos bienvenidos, especialmente los que tengan algo que decir!.

Habían entrado tantos que tuvimos que mover la mesa de reuniones de donde la teníamos siempre.

LA EXPLICACIÓN QUE ESPERABAN
El murmullo de fondo se fue apagando. Teníamos que empezar a decir algo de lo que estaban esperando escuchar.

Miguel Ángel me vio tan nervioso que poniendo una mano sobre mi hombro, tomó la palabra a la vez que yo me sentaba.

-Abrimos la ronda de opiniones en unos minutos. Primero os voy a contar la forma en que el despertador de fracasados puede saber cómo detectar los pasos equivocados de cualquier fracasado-.

Miguel Ángel siguió después explicando las conclusiones a las que habíamos llegado por la mañana, basándonos siempre en las sentencias de Pedro Luís: “Preguntar al que sabe y hacer lo que dice”, “Preguntar al que no sabe y hacer otra cosa distinta”.

Miguel Ángel estuvo hablando en pie sin interrupciones unos 40 minutos más o menos.

Finalmente se sentó a la espera de recibir las críticas u objeciones al método que acababa de explicar.

Nadie preguntaba nada, y no sabíamos como interpretar aquello. Por otra parte yo seguía buscando entre la gente al Señor Ojos. No lo encontré.

Cuando Miguel Ángel iba a tomar de nuevo la palabra, alguien se levantó de entre la audiencia. Con voz un poco entrecortada dijo: Yo me ofrezco como ejemplo de éxito para que empecéis a hacer las listas de las que habéis hablado.

Miguel Ángel agradeció el gesto y propuso poner en la pared dos hojas en blanco. Una con el título “Éxitos” y otra con el título “Fracasos”.

Invitaba a quién quisiera colaborar a apuntarse en una de las dos hojas, según el caso. Y prometió como recompensa que cada uno de los colaboradores tendría la ocasión de hacer un test para él mismo o para otra persona, elegida por él, con la máquina cuando estuviera fabricada.

Sería un test con resultados gratis como agradecimiento.

-Estas hojas estarán aquí durante unos días. Quien quiera puede empezar a apuntarse-.

No sabíamos si es que no habían entendido bien nuestra explicación o si es que no les había convencido la idea, pero nadie más que el primer voluntario parecía estar interesado.

LA RESPUESTA DEL PÚBLICO
Nos quedamos un poco desilusionados y no sabíamos si seguir con ese mismo tema o proponer otro tema distinto.

-“Nadie quiere airear sus fracasos”- Dijo alguien sin levantarse siquiera.

Como estaba en penumbra buscábamos con la mirada el origen de aquel comentario. Finalmente un niño algo mayor que la media se levantó.

Y continuó diciendo: “¿Por qué iba alguien a querer contar lo torpe que es? Además, como yo entiendo las cosas, reconocer los errores es propio sólo de la gente que comete muy pocos. Los tontos son tontos porque no saben que lo son”.

Nos miramos sin saber qué decir. El que opinaba, tenía por lo menos 16 años. Para nosotros mayor. Y lo que decía parecía ser coherente.

Habíamos supuesto que quién fracasa es consciente de que el origen del fracaso es casi siempre él mismo, su actitud.

Pero cómo podríamos saber además si en el papel de los éxitos no se escondían fracasos no detectados o al revés. Podía haber gente que habiendo conseguido sus objetivos se sintiera igualmente fracasado.

No podríamos confeccionar listas fiables para la máquina, si esos criterios de elección no son diseñados de una forma objetiva. Los criterios de elección deberían ser dictados desde fuera de la persona, e independientemente de lo que ella creyera.

No eran ni las ocho de la tarde, pero decidimos dar por terminada la reunión. Necesitábamos darle una vuelta a todo aquello.

Los que habían acudido fueron saliendo, y esta vez si vi al Señor Ojos. Se marchaba como siempre en silencio.

No sé desde cuándo estaba allí. Pero me quedé más tranquilo al saber de su presencia. Se había convertido en una pieza importante de nuestras reuniones.

Aunque está claro que había lagunas en nuestros razonamientos, a veces pienso que la gente no nos había entendido, ni siquiera en el concepto de fondo. O simplemente que éramos incapaces de explicarlo bien.

Tendríamos que intentarlo de nuevo la próxima vez. La audiencia se había quedado decepcionada.

Arsenio Baluarte.

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