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Relatos de amor filial

Si hablamos de relatos de amor filial, tenemos que tener en cuenta tres factores: El padre o madre, El hijo o hija, y la relación entre ellos. Aunque todo eso es sólo una falsa apariencia.

Las historias o relatos de amor filial pueden ser un buen comienzo si de lo que queremos hablar es de las relaciones que van a gobernar las vidas de padres e hijos.

Pero: ¿Cuál es el punto de vista que vale?.

Relatos de amor filial
Las relaciones paterno-filiales, se pueden analizar desde un punto de vista extremadamente simple

Como hay tres factores, habrá tres puntos de vista posibles: Desde la óptica de la figura paterna, desde la perspectiva del hijo o desde la propia relación como entidad que también es.

Aunque, particularmente a mí, hay algo que me ha hecho sospechar desde hace tiempo, y es que quizás no haya ni tantos factores, ni tantos puntos de vista en este tipo de relaciones.

Y de hecho te contaré después lo que pienso de todo esto, pero antes vamos a analizar una situación que puede ser muy común:

EL CONDICIONAMIENTO OPERANTE Y EL AMOR FILIAL
Un padre toma a su bebé y lo mantiene en el aire, sostenido por la cintura con sus dos manos.

Lo sitúa frente a él, a la altura de la cara, y lo zarandea suavemente mientras le habla con ternura, diciendo cualquier cosa que capte su atención.

El bebé que está empezando con sus primeros balbuceos, suelta de pronto una especie de “papa papapa” a la vez que sonríe.

El padre responde: ¡Muy bien!, claro que sí: “soy papá”, “soy papá”, mientras grita a la madre, que anda por ahí cerca:

-Mira lo que acaba de decir, acaba de decir “papá”. Lo ha dicho claramente-.

Si le preguntamos al padre sobre lo que acaba de pasar, nos dirá que está de lo más claro. Lo que ha pasado es que el niño ha intentado comunicarse con él y le ha llamado por su nombre, es decir le ha llamado “papá”. Todo ha sido un puro acto de amor.

Y ahora os pregunto yo a este padre y a vosotros: ¿Es que a nadie le parece raro que “papá” suene prácticamente igual en cualquier lengua?.

Y es que los niños españoles, franceses, ingleses, árabes, chinos, etc., llaman papá a su padre, lo hacen todos ellos.

Luego cada idioma lo escribe de una forma distinta, pero siempre suena como “papá”.

De verdad: ¿A nadie le extraña que sea así?.

Si preguntáramos a Skinner, el psicólogo conductista, nos hablaría de que estamos ante un caso claro de condicionamiento operante, como él lo llamaba.

Te recuerdo qué era eso del condicionamiento operante:

Según Skinner ante una acción, de un niño, por ejemplo, caben tres posibles respuestas por parte del adulto:

  • Premio
  • Castigo
  • Indiferencia

En el primer caso ejercemos un refuerzo positivo a la acción, y ello hará que sea más probable que la acción se repita.

En el segundo caso lo que hacemos es realizar un refuerzo negativo que cuestiona la aprobación de la conducta de que se trate, y esta vez lo que conseguimos es hacer menos probable que la acción se repita.

Y por último, de lo que se trata ahora es de mostrar total indiferencia, ignorando la propia existencia de la acción o la importancia de ésta. Y si es así, lo que estamos favoreciendo es el olvido, o lo que Skinner llamaba “La extinción”.

En el caso del bebé parlante, lo que está ocurriendo en realidad es que ante un balbuceo fortuito que tiene como resultado algo parecido a “papá”, la acción del niño es inmediatamente reforzada de forma positiva con la aprobación del padre. Ese refuerzo se repite por parte de los padres (Lo que hemos descrito valdría también para “mamá”), y finalmente y a base de repeticiones, el niño lo asimila como algo positivo y poco más tarde se incorporará a su vocabulario.

Eso explica el asombroso parecido de cómo suenan en cualquier idioma, este tipo de palabras.

EL DÍA A DÍA
Pero habíamos quedado en contar un relato de amor filial, así que allá vamos:

Aunque estoy totalmente convencido de que lo que os he contado antes es así, lo que más me interesa ahora mismo para mi posterior razonamiento, es el hecho de que es el padre el que proyecta su ilusión y la percibe como un hecho exterior a sí mismo, propio del niño, en lugar de interpretarlo como un reflejo condicionado por su actitud (La del padre), que es justo lo que es.

Si seguimos con nuestra historia, el niño va creciendo bajo la atenta mirada de los padres, quienes con incondicional amor intentan enseñarle las mejores prácticas y cuidados. Están protegiendo a la prole.

Allá por los 14 años, el adolescente empieza a mostrar al mundo sus conflictos.

Los padres sufren. Viven esta época con la preocupación provocada por la desorientación en cuanto a lo que esperaban de su hijos y lo que la vida, la realidad, les ofrece.

He oído decir a algunos padres: “Los hijos ya no son de los padres, los hijos ahora son del tiempo”, en señal de desaliento en cuanto a “enderezar” lo que parece a su juicio torcerse.

Cuando los hijos ya son jóvenes independientes, los padres normalmente los ven como portadores de fuerza vital, y si los consideran más o menos encaminados, suelen sentirse orgullosos de su proyección en la vida y de su enorme potencial.

Cuando el hijo ya es adulto nos basta saber que está bien, que no pasa nada malo. Con eso ya es suficiente.

Pero el padre, a su vez es también hijo. Y mientras ve cómo sus hijos empiezan a volar por su cuenta, observa a sus propios padres cómo van entrando en su declive tanto física como mentalmente.

Con el tiempo nos acostumbramos a que las cosas sigan siendo como son, hasta que un día la edad nos alcanza, también a nosotros, y es que como alguien ya dijo una vez “La vejez no llega poco a poco, sobreviene de repente: Un día te das cuenta de que no puedes levantarte de la silla”.

Y una vez contado todo esto, ya estoy en circunstancias de compartir con vosotros mi pequeña teoría:

LA TEORÍA
La teoría se basa en dos principios:

  • Una persona es en sí mismo una medida y la única medida de todas las cosas.
  • Cualquier cosa a nuestro alrededor se puede expresar e interpretar como una magnitud de nosotros mismos.

Así, y para hacer la historia corta, el padre que sostenía al bebé, lo que en realidad hacía era sostener una propiedad de él mismo. En este caso la propiedad es el futuro, su propio futuro (El del padre).

Cuando miramos a gente más joven que nosotros vemos en ellos una proyección del futuro, y si ese punto de referencia es algo tan nuestro como un hijo, lo que vemos es una proyección de nuestro futuro.

Al revés, cuando observamos a nuestro padre ya anciano, lo que proyecta él en nosotros es nuestro pasado.

Demostrar las bases de esto da para todo un artículo aparte.

Amor a nuestros mayores
El trato intolerante hacia nuestros mayores es un signo inequívoco de infancia infeliz

UNA SUTIL PRUEBA, EL MEJOR DE LOS RELATOS
Pero puedo adelantarte algo que es prueba y validación de esta teoría, y que podrás comprobar si es cierto o no, en tu entorno cercano.

Si un padre o una madre no muestra el suficiente interés por sus hijos es porque, y sólo porque, tiene serios problemas para encajar su propio futuro.

Y por otra parte, si un hijo no tolera bien a sus padres ancianos es porque el problema está en su propio pasado, y te puedo asegurar que toda persona intolerante con sus ancianos ha tenido una infancia infeliz.

El intento de demostración de esta teoría exige razonamientos algo más duros que los que aquí se han expuesto, e incluso un poco de matemáticas. Pero si te parece interesante la abordaré en un próximo post.

En cualquier caso, y también como consecuencia de la aplicación de esta teoría, hay algo que puedes experimentar por ti mismo:

Cuando estés solo y tranquilo en casa, si puedes aguantar la mirada ante un espejo y surge de la nada en escena una leve pero sincera sonrisa, entonces puedo asegurarte que pese a todo y a todos, has tenido hasta ahora una existencia feliz.

Y esto último si que puede tratarse de un buen relato de amor filial, aunque dirigido hacia ti mismo.

Os recuerdo también que algo relacionado con nuestra visión de las cosas a través de nosotros mismos, ya os lo avanzaba en el artículo “Sólo se mueren los demás”, que se nutre un poco, en su base, de lo que os acabo de contar.

Arsenio Baluarte.

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