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Sólo se mueren los demás

Solemos tener miedo de nuestra propia muerte. Y sin embargo es una experiencia que no llegaremos a sentir nunca.

A menudo me pregunto por qué nos afectan los problemas de los demás. Yo creo que normalmente nos afectan en la medida en que estamos cerca de ello, me refiero a estar cerca de la situación que produce el problema.

Sólo se mueren los demás
Aunque nos de miedo la muerte, no creo que nadie pueda llegar a sentir nunca esa experiencia

En esa misma medida en que tenemos la sensación de que podríamos “haber sido nosotros”; en esa misma proporción nos afectan las cosas.

Y es que no tenemos una forma de medir nada, que no seamos nosotros mismos.

Nosotros mismos somos la medida de todas las cosas. Si alguien nos pregunta que cómo de grande es una hormiga, diremos casi siempre que una hormiga es un animal pequeño, y si la pregunta se refiere a un elefante, entonces casi seguro que diremos que se trata de un animal grande y pesado.

Pero ¿Qué pasaría si le preguntáramos a una ballena azul lo que opina sobre el tamaño de un elefante?.

Seguramente la ballena nos diría que un elefante es un animal de escaso tamaño que anda por la tierra. De hecho la ballena pensaría que todos los animales que conoce son bastante pequeños.

Y es que se trate de hombres o de ballenas no podemos escapar del aparato de medición, que somos nosotros mismos.

A veces alguien en una conversación del tipo que sea dice: “Pues en mi opinión, lo que habría que hacer es … (lo que sea)”. En todas y cada una de este tipo de frases lo de “en mi opinión” sobra. Porque no tienes otra opción que esa.

No es posible hablar de otra forma que no sea expresando tu opinión. Incluso cuando queremos transmitir lo que estamos seguros que piensan otros, no hacemos otra cosa que expresar nuestra simple opinión.

Lo más cercano a la objetividad, cuando se trata de palabras, es no tratar de enmascarar lo que de forma natural fluye de nuestra cabeza. Intentar hablar desde fuera de nosotros es una batalla perdida de antemano, y que sólo sirve para confundir a oídos ingenuos.

Y como ya dijo mi amigo Wittgenstein: “De todo aquello de lo que se puede hablar, se puede hablar con claridad, y de lo que no se puede hablar, es mejor callarse”.

La parte primera de la frase “… de lo que se puede hablar” es precisamente lo mismo que decir “De lo que tengo opinión”.

Y la otra parte: “… de lo que no se puede hablar”, es mejor dejarla para los místicos, para los iluminados por esa sabiduría celestial de fuentes poco transparentes.

Yo que no estoy tocado por esa gracia divina, tengo que decirte desde aquí, a metro setenta y cuatro del suelo, que no me interesa otra cosa que no sea tu opinión, que como he dicho antes es lo único que tenemos.

Volviendo al hilo, antes decía que por qué y en qué medida nos afectan los problemas de los demás. Pues creo que está bastante claro que nos afectan en la medida en que podríamos haber sido nosotros los que los estuviéramos sufriendo.

Alguien dijo con razón que “Los problemas se arreglan en la misma medida en que tienen poder para solucionarlos quienes los padecen”.

Y es que sólo puedo entender lo que puede ser tu dolor de muelas si lo comparo con mi experiencia, cuando me duelen a mí.

Lo demás son tonterías.

Así que, que sepas, que ante un problema o dolor ajeno, lo primero que piensa el que está enfrente es “podía haber sido yo” y a partir de ahí caben todo tipo de reacciones más o menos solidarias, pero lo primero es “podía haber sido yo”.

Y es que no nos queda otra. Sólo cuando esa comparación se produce, es cuando podemos entender y por tanto reaccionar ante esa información que ahora vemos más clara.

Sé que no es muy romántico, pero es así.

Y puede ser que me digas ahora: Que tú no. Que tú eres de esos que te interesa lo que le pase a los demás, pero en plan altruista, porque te debes a los demás y que nunca has tenido que compararte contigo mismo, ni nada que pueda oler a tu propio instinto de supervivencia.

Pues he de decirte que no te creo. Sigue si quieres con tu historia. Pero no te creo.

Y si quieres una prueba fehaciente de que lo que te digo es cierto: te voy a poner un ejemplo.

Cuando leemos o estudiamos las vidas de personajes famosos por sus logros o talento, normalmente se trata de personas que hace tiempo que han muerto.

No por nada en especial, es sólo que en la historia caben más años que en la vida de una persona. La gente se muere.

Y precisamente como la gente se muere, vemos como natural que la historia esté llena de muertos.

No conozco a nadie a quien se le escapen las lágrimas cuando estudia a Newton, a Einstein o a Marie Curie, por ejemplo, pensando en que están muertos. Y es que, que la gente esté muerta es de lo más normal.

Pues según mi teoría anterior, lo que yo creo que pasa es que a esa gente la percibimos lejos de nosotros. Su dolor, sus penas y su muerte no nos afectan porque no vemos que sean situaciones cercanas a nosotros.

Y es que al final, no vemos que lo que le pasaba a Einstein nos pudiera pasar a nosotros. Lo que Einstein vio y respiró, sus penas y glorias, hay pocas probabilidades de que nos afecten.

Estarás de acuerdo entonces, en que la muerte de personas alejadas no suele afectarnos demasiado.

El problema es distinto cuando se trata de nuestros propios abuelos. Si tienes una cierta edad es casi seguro que ya has vivido la experiencia de la muerte de un abuelo o abuela.

Pero en definitiva, y aunque pueda resultar doloroso, lo vemos como ley de vida. Solemos decir con resignación: “era su hora”, “es que la vida es así”, o frases parecidas.

Y cuando nos preguntan sobre el motivo de su muerte, si la edad ya era avanzada solemos decir: “tenía de todo, pero en realidad murió de viejo”.

Es normal que se mueran los abuelos.

Otra cosa distinta es cuando se mueren los padres. Sin duda nos afecta de forma más cercana.

Si has tenido una infancia más o menos feliz y en un entorno familiar normal, si has tenido esa suerte, te tocará pasar momentos muy dolorosos cuando te enfrentas a la experiencia de la falta de un familiar tan cercano como es un padre o una madre.

Hay una parte de ellos en ti, tiene que ser por fuerza un golpe duro.

Pero la vida sigue, los días y los meses primero duran más de lo normal, poco a poco notas que en su momento se acaban, y con el tiempo simplemente pasan.

Es normal que se mueran los padres.

Pero, atiende ahora a lo que te voy a decir, especialmente si tienes cierta edad, -y si no es así guárdalo para cuando esa edad llegue-:

  • Primero se mueren los abuelos.
  • Luego se mueren los padres.
  • Pero lo peor de todo, … lo peor, es cuando se empiezan a morir los amigos.

Sí, lo peor es cuando se empiezan a morir los amigos.

Piénsalo un poco y luego me dices si tengo o no tengo razón.

La amistad es un aparato de medida de nosotros mismos.
Las relaciones humanas como la amistad, no son más que calibradoras del aparato de medición que somos nosotros mismos.

Y para quitarte el mal sabor que sin duda te he dejado, puedo decirte que no todo es tan malo.

Nada más empezar decíamos, que solemos tener miedo a la muerte y que sin embargo ésa era la única experiencia que nunca íbamos a tener.

La razón de que esto sea así no es más que otra consecuencia más de mi teoría. No podremos tener ninguna emoción con respecto a nuestra muerte, porque la propia muerte la impide.

Es curioso ¿No?. El mecanismo de comparación que nos hace sentir cualquier tipo de emoción, no se da en este caso.

Y es que definitivamente. Sólo se mueren los demás.

Arsenio Baluarte.

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